slow food
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En esta oportunidad les presentamos el Slow Food, movimiento con gran auge en todas partes. Estrechamente relacionado con la gastronomía mundial, los invitamos a descubrir de que se trata. Sin lugar a dudas, cuando en 1986 el periodista y gastrónomo italiano Carlo Petrini decidió oponerse a la instalación de una casa de comidas rápidas en la Piazza de Spagna de Roma, no imaginaba que estaba iniciando un movimiento revolucionario: el Slow Food. Poco a poco – no podía ser de otra manera -, al ritmo del caracol, su símbolo, este movimiento que  tiene como caballos de batalla el placer gastronómico por un lado y la reivindicación de ritmos vitales más lentos y meditados, por otro, comenzó a extenderse por el mundo entero, sumando en la actualidad unos 80.000 seguidores en más de 100 países – incluido el nuestro -, y a otras áreas de la vida que no necesariamente están relacionadas con la gastronomía. Tanto es así, que hoy se habla del Slow Sex, del Slow Job y del Slow Travel, por nombrar sólo algunos de los epifenómenos que se desprendieron de un movimiento que busca volver a las fuentes. “La filosofía Slow consiste en un principio muy sencillo: hay que darle a cada cosa, momento y tarea el tiempo y la concentración que necesita y merece. Se trata de hacer las cosas bien, en vez de hacerlas rápido. De favorecer la calidad antes de la cantidad en todo. Buscamos un punto intermedio, un equilibrio entre la rapidez y la lentitud. No se trata de hacerlo todo a paso de tortuga, eso sería una pesadilla tan fea como la de hacerlo todo a paso de liebre, se trata de reaprender el arte de cambiar de marchas, de hacer cada cosa a su tiempo justo”, explicó el canadiense Carl Honoré, referente internacional del movimiento Slow y autor del best seller mundial Elogio de la Lentitud, el año pasado en su visita a Buenos Aires.

 La importancia de lo artesanal

Slow Food es la respuesta de vanguardia a los efectos degradantes de la cultura de la comida industrial y rápida -fast food- que estandariza las técnicas de producción y la oferta de productos, nivelando y homogeneizando los sabores y los gustos. _ Una de las claves del movimiento Slow Food es el apoyo al productor artesanal y al consumo de productos orgánicos, es decir, que no contengan químicos ni conservantes. “Somos una organización alimentaria y creemos que detrás de la alimentación hay todo un hecho social que está vinculado a lo que pasa con el productor industrial y el pequeño productor. Slow Food no pretende eliminar la función industrial, pero sí pretende que no desaparezcan los pequeños productores. Consideramos que ahí está el valor y la calidad del alimento. Nuestra idea central se basa en consumir alimentos con tres características: buenos, limpios y justos. _ Buenos en el sentido italiano de ricos, de buena calidad. _ Limpios, de una manera ecológica y vinculada a la salud, es decir que una cosa que enferma o que contamina no puede ser buena. _ Y justos, en cuanto a que tiene que haber justicia entre quien produce y quien consume. El pequeño productor debe recibir una remuneración acorde al precio que tenga el producto final”, asegura el doctor Santiago Abarca, coordinador del movimiento Slow Food en Argentina. “Lamentablemente, muchos de los productos que se consumen habitualmente utilizan productos químicos, que tarde o temprano pasan su factura y no son buenos, amen de lo que se la hace a la naturaleza. En la Argentina tenemos la suerte de que todavía no estamos tan contaminados como el resto del mundo, con la contrapartida de que no se difunden mucho los productos orgánicos. Hay que informarle a la gente el porqué de consumir productos sin químicos”, agrega Oscar Cecchin, socio gerente de la bodega Familia Cecchin, la cual está certificada orgánica.

Argentina Slow

_ Las ideas fundacionales del Movimiento Slow, creado por Petrini en 1986, comenzaron a tener alcance internacional a partir de 1989, siendo Argentina uno de los países que se sumó a este movimiento que brega por el derecho al placer de consumir alimentos de calidad, amigables con el medio ambiente y que permitan a los campesinos del mundo mantener la biodiversidad, preservando los alimentos, las especies vegetales y las razas animales que, sin un esfuerzo sostenido, terminarán por desaparecer. Según asegura Abarca, quién preside la coordinación nacional, hoy existen en el país unos 500 socios, repartidos en 14 grupos llamados Convivium, en lugares como Buenos Aires, Mar del Plata, Tucumán, Salta, Tierra del Fuego, Córdoba, Mendoza, Rosario y La Quiaca. “Nosotros tenemos una cuota anual, que es simbólica, que le permite a los socios participar en las reuniones; en las presentaciones; en los cursos; en los laboratorios del gusto – catas comparativas de productos como vino, chocolate y yerba, entre otros, para que el consumidor común tenga criterios de evaluación cuando está eligiendo un producto; y demás actividades que realizamos. Y tenemos un gran desarrollo de los cursos para chicos. Hay una escuela de educación del gusto para niños por la que ya pasaron más de mil con muy buen resultado”, cuenta Abarca, y confía en que cada vez habrá más asociados en todo el país. Carl Honoré, quién asegura que dentro de 20 o 30 años la filosofía Slow se habrá impuesto en el mundo, coincide con él: “La Argentina tiene cosas que van contra el virus de la prisa. Por ser una cultura latina la familia es muy importante, y la familia te obliga a desacelerar. Los argentinos tienen costumbres como el asado y el mate que promueven ritmos más lentos. Una cosa que me llamó mucho la atención es que en Buenos Aires nunca ves a la gente comer en la calle, cosa que se ve siempre en gran parte del primer mundo. Los porteños saben gozar del almuerzo o la cena en un bar o restaurante. Se toman su tiempo para saborear uno de los placeres de la vida como es el disfrutar del comer”.

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