A cuatro años de Ortega, su disco anterior, y luego de tomarse un (largo) tiempo que describe como de búsqueda y de trabajo, Emanuel está de vuelta con El camino, una producción de la que es, prácticamente, responsable absoluto, ya que más allá del aporte de “amigos y compañeros que me ayudaron a materializar lo que yo tenía en mi cabeza y en mi alma”, la composición, los arreglos, la producción artística y la edición de este, su séptimo trabajo, le pertenecen. Lejos del ritmo melódico que lo ayudó a cosechar numerosas fans adolescentes, y a punto de cumplir 30 años, el cantante comenzará a presentar en sociedad y a lo largo de todo el país su nuevo trabajo. Antes de partir, Emanuel dialogó con La hora del chef acerca de esta nueva etapa, que lo encuentra junto a su mujer – la modelo Ana Paula Dutil – y sus dos pequeños hijos Bautista e India -, y de los recuerdos de una infancia que se dividió entre Buenos Aires y Miami.

¿Cómo estás viviendo este regreso? Muy bien. Cuando me hacen esta pregunta caigo en cuenta de que ya llegó el momento. El haber decidido parar la marcha me hizo sumergirme en una nueva búsqueda, en lo que terminó siendo este disco. Estuve trabajando más que nunca pero desde otro lugar, en un estudio, en otro, en mi casa. Fueron años de mucho trabajo, pero no arduo ni tedioso sino todo lo contrario, especialmente porque empezaba a encontrar respuestas, caminos, canciones. Fueron dos o tres años muy buenos a ese nivel. ¿Por qué sentiste que este era el momento de volver? Porque encontré la respuesta a la pregunta que me había hecho cuando decidí parar: qué voy a hacer y cómo lo voy a hacer. Sentía que había cumplido un ciclo, no quería sacar un disco más para que la máquina siga marchando. ¿Qué vamos a encontrar en El camino? Uno no puede imponer lo que la gente va a interpretar. Yo no dejo de ser consumidor de música, y no siempre recibo lo que el mensajero quiso transmitir. Espero que todo aquel que escuche el disco pueda entender su espíritu global. Cuando ya cumplís cierta edad y creces a los cachetazos, porque el mundo no te deja otra opción, empezás a anhelar otra cosa. Yo no soy conformista, pero estoy conforme con el disco que hice, contento. En este tiempo, ¿se te cruzó por la cabeza dedicarte a otra cosa? No. Desde chico nunca fantaseé con otra cosa, y hoy sigo fantaseando con lo mismo. Paré sabiendo que nunca iba a dejar de hacer música, ya sea grabando un disco o trabajando para otra gente. Nunca me veo fuera de la música, lo que puede variar es el cómo la estoy haciendo. No me concibo en otra materia. ¿Cómo viviste la experiencia de ser el realizador integral del disco? Es como estar manejando un fórmula uno: acelerás y responde. No hay alguien que te diga cuándo tenés que frenar o cómo tomar la curva. Es una sensación de libertad. La mayoría de mis experiencias hasta acá habían sido casi una doctrina, porque cuando trabajás con un productor, te entregás a su visión de las cosas, y ni hablar si es una estrella. Me sentí muy pleno sabiendo que los errores y aciertos de este disco estaban en mis manos, aunque obviamente no lo hice sólo, tuve amigos y compañeros que me ayudaron a materializar lo que yo tenía en mi cabeza y en mi alma. ¿Cómo ves Buenos Aires? Agresiva, violenta, burlona. Tenemos una cierta carga de agresividad como sociedad. Obviamente no estoy hablando del cien por ciento de la gente, pero hay como una tendencia pare ese lado. También me parece que hay muchos motivos para que esto sea así: una realidad, una política y una cuestión social que no ayudan. Lo mío no es una critica, es una observación. Hoy estoy bien acá, mis amigos están acá, mi idioma es este. Cuando te vas muy chico de tu país y conocés una realidad diferente, eso te deja una huella. ¿Dónde te imaginás viviendo de viejito? Me gusta mucho la vida en la arena y el mar. Sueño con salir por la puerta trasera de mi casa y pisar arena, vivir en un lugar paradisíaco como Hawai. También me gusta Nueva York. Viví un tiempo y no la pasé bien, pero porque era chico y estaba solo. A la distancia me doy cuenta que tiene mucho para ofrecer. ¿Cómo recordás la mesa familiar de los domingos? Creo que la gente tiene una imagen equivoca de nosotros. No fuimos la típica gran familia. Si tengo que recordar las veces que nos sentamos a comer todos juntos de chicos, creo que me sobra una mano. No tengo ese recuerdo de gran familia alrededor del árbol de navidad, siempre faltábamos uno o dos. ¿Recordás cuáles eran las comidas de tu niñez? Cómo mi mamá no cocina, no tengo una imagen de ella cocinando para sus hijos, estaba más pendiente de otras cosas. En realidad mi infancia se divide en dos partes, la argentina y la norteamericana. De la etapa argentina recuerdo el asado de los domingos, que era un ritual para mi papá. El agarraba bichitos, hacía que los ponía en la parrilla y después me los hacía probar, y como era un pedazo de carne riquísimo yo creía que era un genio. Y en la etapa en que viví en Estados Unidos, como la persona que cocinaba en casa era centroamericana, pude probar gustos de otros países, como comida cubana, que me encanta, o portorriqueña. ¿Vos cocinás? No, soy un desastre. Sé que decir esto es restarme puntos, porque a la mujer le encanta que el hombre cocine. ¿Y Ana Paula? Sí. Hace de todo y muy bien.

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